Proa hacia el este

Planificó su vuelta al mundo por el paralelo 40 durante diez años. Como vimos, no le faltaba experiencia en los mares, pero esto era diferente ya que ningún otro marinero había realizado ese viaje por esa ruta en solitario. Los vientos que soplan por esas latitudes son los más peligrosos; ellos se llevaron las vidas de cientos de aventureros que, al igual que Dumas, habían pensado en desafiar su poder.

Mientras el mundo se envenenaba con bombas y genocidios él pensaba en darle un ejemplo a la juventud. Partió el 27 de junio de 1942. Declaró “He iniciado mi viaje hacia el continente africano (su primera parada); conoceré el terrible efecto de los “Cuarenta Bramadores”. Es la primera vez que un hombre solo se arriesga a navegar a esa latitud. ¿Qué me depara el mañana? Por de pronto, sé que todo mi mundo y mi seguridad reside en estas maderas que me cobijan”.

Quiso una aventura y eso fue lo que tuvo. La cantidad de problemas y periplos que sorteó para quedar por siempre en la historia de la náutica hacen que no se entienda por qué todavía no se realizó una película basada en su hazaña.

Podemos nombrar, por ejemplo, que ya en el Atlántico su barco comenzó a filtrar agua. Apurado por detener el problema, un martillazo terminó sobre su mano. La infección no tardó en invadir el miembro, hecho que le complicó el desarrollo de las tareas diarias. Con el velero llenándose de agua, en el medio del océano, sin comunicación ni ayuda, la fiebre y el olor a descomposición le indicaron que algo estaba muy mal. Agarrando la misma seguridad con la que había decidido esta empresa, planeó cortarse el brazo afectado en la mañana siguiente. El hacha estaba lista; su aventura por terminar. Antes de dormir le rezó a la Virgen. Al otro día varias heridas comenzaron a escupir pus y lentamente su brazo recobró la vida. Su proa siguió apuntando hacia el este.

En el Índico todo se complicó. Tuvo que sortear la persecución de enormes trombas marinas y tormentas con olas de 17 metros, situación que alternaba con la atroz calma que a veces le regalaba el océano: “Es menester que los nervios estén normales para mantenerse sin sufrir un grave trastorno mental. La enorme quietud implica diez días de absoluta calma, donde el odio no percibe sonido alguno ni tenue eco”.

El Pacífico, lejos de honrar su nombre, puso su asombro al límite: una mañana notó que el Legh II había chocado contra algo. Le costó salir de su estremecimiento al notar que lo que había impactado era el lomo de una ballena dormida a su lado. Asimismo, en cada parada que hacía le iba comunicando a un mundo expectante por sus noticias los detalles de su rumbo.

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Llegó al Cabo de Hornos luego de cientos de días de navegación; era la última etapa, pero también la más difícil. Lo atravesó, entre témpanos y frío, como sólo él sabía: con coraje y confianza.

Arribó a Buenos Aires el 8 de agosto de 1943. Llegó cansado, al límite de todo, pero como un héroe. Los recibimos con sirenas, aplausos y lágrimas. Su Legh II fue expuesto en el Luna Park y su nombre volvió a dar la vuelta al mundo.

Vito Dumas venció tres océanos completamente solo. Hizo lo que nadie se animó a hacer. La historia de nuestro país, a veces tan injusta con nuestros precursores, lo dejó en el olvido. Pero rescatarlo depende de nosotros. Lo que acá se narra es acaso un escasísimo resumen de su éxito; sus aventuras siguen vivas en su libro “Los Cuarenta Bramadores”, parada ineludible para todo adicto a la emoción.

En la actualidad su entrañable Legh II se encuentra en el Museo Naval Argentino, ubicado en Tigre, Provincia de Buenos Aires. Apreciar sus escasas dimensiones en vivo podría darnos, acaso, una leve impresión de lo que habrá sentido el corazón de este solitario hombre mientras realizaba eso que lo convirtió en un ícono del deporte nacional.

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