Palacio Barolo, la cumbre de dos apasionados

“Estamos en el Infierno”, declara entusiasmado el guía. Para demostrarnos que lo que dice no carece de verdad, nos invita a apreciar los dragones que sostienen estoicos pesadas lámparas, las serpientes y cóndores que nos observan desafiantes desde las paredes, más los círculos de vidrio y bronce que simulan fuego sobre el piso de la planta baja del Palacio Barolo ubicado en Avenida de Mayo al 1300. La brisa fría que nos llega desde los múltiples pasillos, sumada a las altas bóvedas que decoran los techos, le terminan de dar al ambiente ese toque lúgubre pero imponente que los arquitectos no dudaron en imprimirle al lugar.

Pero el Infierno es sólo una de las tres secciones de este edificio diseñado hace 91 años según La Divina Comedia, famosa obra del poeta italiano Dante Alighieri. Varios pisos más arriba, el Purgatorio y el Paraíso completan el Palacio, convirtiéndolo por su excéntrica arquitectura en una pieza única que con el tiempo devino en un particular ícono de Buenos Aires.

El Palacio Barolo deslumbra hoy en día de la misma manera que lo hizo cuando fue inaugurado, y no sólo por sus curiosas características: la mezcla de estilos hicieron de este lugar una alegoría de las artes liberales que supo marcar ese tajante cambio entre los diseños tradicionales y el modernismo edilicio que ya ostentaban las grandes capitales del mundo.

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El proyecto surgió en 1910. En ese año Buenos Aires, al igual que el resto de las provincias, estaba vestida con el entusiasmo que provocaba en todos el Centenario de la Revolución de Mayo. Fue durante esa celebración en donde Luís Barolo –exitoso productor agropecuario llegado a la Argentina en 1890- se encontró con el arquitecto y compatriota italiano Mario Palanti, quien estaba de visita realizando la construcción del pabellón italiano para la exposición patria. Dicen que Barolo encontró en Palanti al diseñador ideal para darle vida a su sueño más codiciado: la construcción de una torre exclusivamente para rentas inspirada en la obra de Dante, en donde se fusionarían varios estilos arquitectónicos del viejo mundo.

Ambos motivos tenían como origen un miedo concreto (que compartieron todos los inmigrantes llegados de Europa en esa época) sobre el futuro bienestar de su continente, el cual ya se encontraba sumido en esos problemas que desatarían la Primera Guerra Mundial. Fanáticos ambos de la Divina Comedia, el objetivo fue crear un lugar en donde tanto las cenizas de Dante como los tradicionales estilos de construcción europeos puedan estar a salvo de las futuras bombas e invasiones.

Así comenzó todo: Palanti quedó atrapado por la idea de Barolo y nueve años más tarde, en 1919, comenzó a construir lo que sería el edificio más alto de Latinoamérica. Finalizó en 1923, satisfecho, sabiendo que había creado algo nunca visto en estas tierras.

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