No al rey

Errico Malatesta fue anarquista e italiano. Nació un 14 de diciembre de 1853, bajo el seno de una familia liberal. Mamó de chico ideas sustentadas en la igualdad. Aprendió que oprimir a una persona por parte de un rey, el Papa o el patrón de turno, está mal. A los 14 años le hizo saber lo que pensaba al mismísimo rey, Vittorio Emmanuele II, mediante una carta, lo que le valió una penosa estadía en la cárcel, la primera de una eterna seguidilla que lo tendría confinado en celdas decrépitas la mayor parte de su vida.

Este impulso de libertad, modelo de “hombre libre”, se había originado con la Ilustración, base intelectual del librepensador moderno racional. Malatesta lo había incorporado completamente. Sin miedos ni dudas, se lanzó contra “el sistema” corruptor de hombres. Editó diarios en varios países; predicó en más de diez. Esos fueron sus canales de propagación ideológica cuyo objetivo más puro era unir a toda la familia anarquista. En 1877 dio junto a unos compañeros un golpe osado: tomó un pueblo y negó la autoridad del rey. Su fama de revolucionario creció rápido. Cercado por la ley, no tuvo más remedio que optar por el exlilio.

Panaderos y anarquistas

Y así se subió a un barco que lo trajo de polizón a Buenos Aires. El año, 1885. En la ciudad portuaria vivió un tiempo hanciendo changas hasta que llegaron a sus oídos historias sobre grandes yacimientos de oro en la Patagonia. Malatesta se adentró al Sur con la esperanza de obtener una cantidad generosa de aquel metal que le permitiera financiar su causa. Pero esas historias de éxito dorado no estaban sustentadas con la verdad, sino con la fiebre de obtenerlo; poco fue el oro que se extrajo de aquellas desérticas tierras.

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Abatido por el fracaso, vuelve a la Buenos Aires. Dos años después su castellano ya no era tan malo y se lanzó a organizar lo que sería el primer sindicato argentino moderno llamado “Sociedad de Resistencia de los Obreros Panaderos”. Los panaderos porteños habían decidido luchar por sus derechos, y Malatesta les dio un estatuto para su nuevo sindicato. Al otro año participaría de la que sería la primera huelga de panaderos, reclamo que se extendió por diez días. Esta agrupación había adquirido, debido a la enérgica influencia del italiano, una actitud combativa. Anarquistas argentinos e inmigrantes europeos comandaron las riendas del sindicato durante largos años. Y si bien es tristemente sabido que en incontables oportunidades utilizaron la violencia -muchas veces extrema- para hacer valer sus ideas, también es cierto que acudieron a otros métodos un poco más sutiles para poner el “dedo en la llaga”. El filósofo y anarquista chileno-argentino Christian Ferrer nos cuenta en su valioso ensayo “”Cabezas de Tormenta” que una de esas armas de sutileza fueron los nombres que los panaderos decidieron asignarles a las facturas que tanto adoran los argentinos. Nombres como “cañoncitos”, “vigilantes” y “bombas” de seguro molestaron a más de un polícia. Ni hablar de lo que habrá sentido el clero cuando escuchaba pedir a un hijo de vecino una docena de “bolas de fraile”, “suspiro de monja” o “sacramentos”.

Un año después, en 1889, Errico Malatesta volvía a su país para terminar sus días en una prisión. Sin embargo, “el movimiento” seguió creciendo en la Argentina. En 1910 los registros policiales contaron más de seis mil anarquistas organizados en el país, la mayoría extranjeros. Estos revolucionarios volverían a la Patagonia, pero no para buscar oro sino para sufrir los hechos que tildarían a esa porción de tierra fría como “Rebelde”.

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