Malatesta, anarquismo y facturas

Leían (y los que todavía están de pie, leen) todos los libros escritos por los grandes anarquistas: Bakunin y Malatesta, por ejemplo. Analizaban y adoraban las ideas y proezas de esos pioneros rebeldes, su forma de vivir y de pensar. Fueron muchos que comenzaron admirando a pocos. Con el tiempo, esos “muchos” se convirtieron en epígonos de esos “pocos”, y así la cosa fue creciendo de la misma forma que lo hace una bola de nieve que desciende imparable por una blanca ladera.

Creían (y millones hoy en día, creen) que vivían en un mundo injusto regido por opresoras jerarquías; soñaban, al mismo tiempo, con uno igualitario, en donde los poderosos no existían y en donde ningún hombre era dominado por otro. Igualdad y solidaridad hasta la muerte, gritaron. Y cómo.

El móvil de estos “agitadores sociales” fue implantar la libertad total: social, política y espiritual; establecer una forma de convivencia en donde la dominación de cualquier tipo sea algo corrupto, innecesario. Así, se fueron enemistando con todos los que defendían los poderes y privilegios bajo los cuales un Estado se encauza. Instituciones abocadas a suprimir libertades y modelar tanto mentes como comportamientos, tales como la Iglesia y las fuerzas de seguridad, fueron objeto de agresiones anarquistas sólo por ser órganos que sobrevivían -y sobreviven- refugiados bajo la estructura jerarquizada del Estado Nación.

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Pero la actualidad nos muestra que el anarquismo es un conjunto de conceptos que hace muchos años no se encuentra organizado en un movimiento de acción concreto. Si bien todavía podemos encontrar algunos grupos pequeños que se dedican a difundir ideas o romper vidrios de cajeros automáticos, la política argentina ya no se arredra como antes: se siente inmune ante su laxo poder e influencia.

Sin embargo, el anarquismo supo ser una fuerza consistente, vital. La mecha prendió en la Argentina del siglo XIX de la mano de un inmigrante italiano. Fue una época en la cual el país se estaba armando, en todos los sentidos y ámbitos posibles. El liberalismo total en estas tierras no se encontró con una situación de calma, sino con guerras civiles, masacres indígenas y luchas encarnizadas por el poder y la soberanía del suelo. Miles de trabajadores eran abusados los 7 días de la semana, obligados a ganarse el pan en condiciones infrahumanas y sin la menor posibilidad de queja o reclamo. El anarquismo en la Argentina, como en otras partes del mundo, encontró una masa de descontentos dispuestos a escucharlos, dispuestos a luchar por la igualdad, dispuestos a matar o morir.

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