El Teatro Colón original, joya perdida

La noche del 27 de abril de 1857 fue especial para los vecinos de Buenos Aires. Luego de dos largos años de construcción, un nuevo y magnífico edificio se asomaba al lado de Plaza de Mayo: un teatro que les daría a los argentinos por vez primera un lugar en donde podrían disfrutar del fulgor de las artes que traerían las más destacadas obras teatrales, y que por sus notables características pondría a la cuidad rioplatense en el mismo plano cultural que las europeas. Esa noche se inauguró el primer Teatro Colón; no el que ahora conocemos, sino el original que estaba emplazado en el lugar que actualmente ocupa el Banco Nación.

Fue un cambio significativo que Buenos Aires estaba buscando, y que necesitaba para comenzar a dejar atrás de una vez por todas ese epíteto de “Gran Aldea”. Un proyecto ambicioso, acorde a las nacientes exigencias de una sociedad porteña que pedía acceso no sólo a una variada oferta cultural, sino también a un moderno ambiente en donde puedan disfrutarlas.

El Original

Cuando escuchamos nombrar al Colón es normal que nos imaginemos al actual ubicado en Cerrito al 600. Pero ese teatro, ícono invaluable de nuestro país, es hijo de uno que ahora sólo existe en viejas crónicas.

Nació en pleno siglo XIX, cuando la ciudad comenzaba a despegar tímidamente como metrópoli y los gustos europeos eran aceptados como avances prestigiosos. Pegado a Plaza de Mayo -que todavía estaba atravesada por la antigua Recova española- se encontraba el “Hueco de las Ánimas”, una esquina (Reconquista y Rivadavia) en la que años atrás existió un cementerio que le dio dicho nombre al lugar, y que por esos días de 1850 y tantos era un baldío descuidado y sucio. En esa esquina se había planeado construir en 1805 un teatro que no pudo ver la luz debido a la desidia del Cabildo y a un voraz incendio. Pero ese lugar, al parecer, estaba destinado a perder su triste nombre y adquirir cierta fama.

Una sociedad de accionistas integrada por el ingeniero Carlos Enrique Pellegrini (padre del futuro presidente y autor de los planos) pidió el terreno en concesión a la municipalidad en 1855. La ópera estaba de moda y la idea fue levantar allí el mejor teatro del país. El viejo Coliseo y el Victoria eran salas que no estaban a la altura de las nuevas pretensiones de la alta sociedad porteña (Sarmiento, ácido como siempre, los calificaba de “pocilgas”).

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Dos años después el Teatro Colón había nacido. Se lo construyó utilizando los más modernos avances en materia edilicia. El primer teatro lírico de Buenos Aires podía albergar a 2500 personas en hermosos palcos de caoba tapizados; 80 de ellos reservados para los altos miembros de la comunidad. Fue la primera sala en la que se utilizó iluminación a gas, sistema con el que se encendía una espléndida araña central de 8 metros de diámetro que tenía 450 picos encendidos. Poseía, además, el escenario más grande jamás construido (12 metros de luz), elemento que permitiría grandes despliegues coreográficos.

Por primera vez en la Argentina se utilizaron tirantes y armazones de hierro para una construcción, y fue la primera sala con paraíso en los pisos superiores. Los adornos de bronce cincelados terminaban de darle un aire majestuoso que no tardó en fascinar a todos los espectadores.

El día de la inauguración quedó eternizado por la crónica de uno de sus invitados, Domingo Sarmiento; escribió: “Una inmensa concurrencia se había agolpado el sábado a ver la que sabía maravilla de gusto, suntuosidad y de confort en el Teatro Colón. Llenos estaban los palcos de la sociedad más elegante, ocupadas todas las cómodas y lujosas butacas (…) Dos mil personas se veían por primera vez reunidas en Buenos Aires dentro de uno de los primeros teatros de América, inferior sólo a los de algunas capitales de Europa, superior en elegancia a la mayor parte de los teatros del mundo.”

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