Adicto a la aventura

Nació en el barrio de Palermo un 26 de septiembre de 1900. El deporte siempre lo atrajo: el boxeo, la natación y atletismo modelaron su cuerpo para resistir los más duros embates.

Ya con la idea de aventura en su cabeza, a los 30 años viajó a Francia para cruzar a nado el Canal de la Mancha. Su idea quedó trunca por un imprevisto económico. Solo pero todavía con ganas de experimentar una alta dosis de adrenalina, decidió invertir todo lo que tenía en la compra de un pequeño y ruinoso velero en el cual no cabía parado. Lo llamó Legh y con él volvió de Francia, luego de atravesar el tempestuoso invierno europeo. Sus conocimientos náuticos, dicen los que lo conocieron, se basaron más en su actitud autodidacta que en sus prácticas sobre las oscuras aguas del Río de la Plata. Y así llegó a nuestras costas en abril de 1932. Su portentosa hazaña hizo eco en el mundo. Estados Unidos lo distinguió, sin dudarlo, con el premio de la Slocum Society por el hecho de haber realizado su viaje en solitario.

A esta “locura” le seguirían otras. Dumas había declarado que se alejaría de los mares para dedicarse a las tareas que demandaban los campos y la hacienda, pero su corazón no le permitió semejante dislate: él era -ante todo- un marino en busca de lo irrealizable.

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Se hizo construir un velero al que llamó Legh II. Éste fue su fiel compañero, un amigo de madera y tela con el que compartió sus momentos más duros y también los más felices. Un día se encontraba navegando cuando lo sorprendió un fuerte Pampero; los vientos lo atacaron con tal ferocidad que su velero dio una “vuelta campana”, es decir, giró 360 grados con él adentro. Pero el Legh II no sufrió daño alguno, hecho determinante para Dumas: había encontrado la embarcación perfecta para su nueva aventura.

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